martes, 3 de noviembre de 2015

El Gran Tiempo: Una introducción (1982) - Parte II

Ilustración de Virgil Finlay para la publicación de The Big Time 
en la revista Science Fiction Galaxy (marzo-abril 1958)


Segunda parte de la traducción del prólogo de Fritz Leiber para la edición de 1982 de su novela El Gran Tiempo. El autor nos cuenta cómo fue la creación de los personajes y ahonda en esa perspectiva de primera persona intensificada, heredera del escritor irlandés Joyce Cary. Podéis encontrar la primera parte de la traducción aquí.

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Para mantener el peso en unos pocos individuos, construí la historia en un escenario, un pequeño área de descanso y recreo regentado por animadores que también eran terapeutas —algunos de ellos terapeutas sexuales, un concepto que resultaba más novedoso allá en 1956 y comienzos de 1957, que fue cuando escribí esta novela corta (exactamente en cien días desde las notas iniciales al último tecleo de máquina de escribir). Las palabras fluían rápidas y con soltura para mí —cuando empiezo a escribir de manera fonética ("I" en vez de "eye", intercambiando "to", "too" y "two"), sé que estoy en caliente—  aunque rara vez superaba las mil palabras diarias. Probé el experimento de empezar el día escuchando música y esta vez funcionó. Las piezas eran la Novena Sinfonía y la sonata para piano Patética, de Beethoven y la Inacabada de Schubert. El libro está también vinculado a las canciones "Gentlemen Rankers" y "Lili Marlene", y a veces escuchaba esas también. (La única cita que me perseguía y que finalmente no apareció en el libro fue de una canción de Noel Coward, "We're all of us just rotten to the core, Maud").

La trama estaba creada. Mis desilusionados soldados tratarían de dimitir de la guerra y establecer una pequeña utopía, como Espartaco y sus gladiadores, para descubrir después que no podían, "porque no es posible licenciarse de la guerra" —otro familiar predicamento humano.

Para dramatizar los efectos del viaje temporal, la ciencia-ficción suele asumir que si fueras capaz de viajar hacia atrás y cambiar un evento crucial, el futuro quedaría alterado por completo —como en la gran novela de Ward Moore, Bring the Jubilee, en el que los sudistas asedian a los unionistas y ganan la Batalla de Gettysburg y la Guerra Civil (y después la pierden de nuevo, desgarradoramente, cuando el héroe vuelve al pasado e inintencionadamente modifica la misma circunstancia). Pero eso no se habría amoldado a mis propósitos, así que asumí una Ley de la Conservación de la Realidad, que el pasado se resiste a cambiar (reluctancia temporal) y tiende a regresar a su viejo camino, y que tendrías que regresar al pasado y hacer muchos pequeños cambios, a menudo una y otra vez, antes de que pudieras obtener un gran cambio —quizás el equivalente a una reacción atómica en cadena. Sigue pareciéndome una suposición plausible, que refleja la tenacidad de los eventos y la dificultad por lograr algo de significado real en este cosmos —una medida de la fuerza de los poderes que son.

La energía que generé escribiendo esta novela de la Guerra del Cambio de las Arañas y las Serpientes (que es como llamé a los dos bandos, para mantenerlos misteriosos y desagradables, como lo son siempre los grandes poderes, inescrutables y feos), se desbordó en un punto para crear otros dos relatos cortos, "Intenta cambiar el pasado" y "La mañana de la condenación", y más tarde en otros dos, "El soldado más veterano" y "Movimiento de caballo", pero no fue hasta 1963 que escribí una novela corta con casi todos los mismos personajes, "No es una gran magia", donde mis animadores se habían vuelto una compañía de teatro ambulante representando obras, la mayoría de un solo pase, a través del tiempo y el espacio, y bajo esa tapadera realizando pequeños cambios en el tejido del tiempo, mordisqueando como ratoncillos en los cimientos mismos del universo —ahora eran soldados además de animadores. Una representación anacrónica de Macbeth para Isabel I y para el propio Shakespeare liga la historia y le dota de unidad dramática, mientras que tuve que dar amnesia a Greta Fontane para que pudiera aprender sobre la Guerra del Cambio de nuevo.

La historia me permitió tomar inspiración de mis experiencias como actor shakespeareano y (una vez planeado —comenzó como un cuento moderno de una muchacha agorafóbica que literalmente vivía en un camerino, sin nada de Guerra del Cambio ni ciencia-ficción en su origen) se escribió particularmente rápido —diez días, por lo que recuerdo.

Todavía sigo intentando escribir la secuela de ese relato —y todavía guardo la esperanza de lograrlo algún día; al menos es uno de mis penúltimos proyectos.

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Sin duda es una lástima que nunca se cumpliera el deseo de Fritz Leiber de continuar con la Guerra del Cambio. Es una pena también que nadie se haya animado aún a publicar un tomo que recopile tanto El Gran Tiempo como el resto de relatos, ahora mismo disponibles en castellano solamente a través del mercado de segunda mano. Algún día, quizás...